lunes, 27 de abril de 2015

EL ACTO DE FILOSOFAR Y SUS FUNCIONES

EL ACTO DE FILOSOFAR Y SUS FUNCIONES

Se dice que la filosofía no está hoy en uno de sus mejores momentos. ¿Por qué no es excesivamente buena nuestra situación filosófica? ¿Será que se ha perdido la confianza en los grandes “sistemas” modernos?
En verdad se produce demasiada filosofía desencantada. Esto nos permite diagnosticar algo así como un escarmiento, una frustración acumulada. Quizá por eso hoy se filosofe en tono menor, aunque desde el punto de vista académico hay mucha gente que sigue tirando del carro. Quizá haya un desplome porque una cierta manera de hacer filosofía se considera utópica o inalcanzable o internamente falsa. Esto lo he descrito en varios sitios: seguramente se ha derrumbado la filosofía sistemática, cuyo máximo representante es Hegel. Se estima irrealizable lo que Hegel intentó; más aún, que tal como Hegel lo plasmó no cumple sus propias promesas, a saber, alcanzar el saber absoluto. Saber absoluto significa, entre otras cosas, saber con carácter terminal, por lo tanto, un saber que pone fin a la historia. Después de ese saber no cabe nada más que una glosa, una coda inútil, como apunta Nietzsche: si lo que dice Hegel fuera verdad, la filosofía posterior sería un apéndice superfluo.
La convicción de fondo es seguramente ésta: lo que Hegel intentó nos supera y no cabe reponerlo; o bien, Hegel se equivocó radicalmente: lo que Hegel pretende tiene un sentido completamente distinto. La hermenéutica desmonta la intención hegeliana, la sustituye por otra y sostiene que esa intención es la auténtica aunque inconsciente. ¡No cabe un mayor insulto a Hegel, él que es un filósofo de la autoconciencia! He aquí el problema: el desplome de la filosofía sistemática en nuestro tiempo ha desmoralizado a la filosofía académica y ha provocado una “originalidad” reactiva que se autojustifica al limitar drásticamente el alcance del conocimiento humano.
Uno de los grandes autores de la primera mitad de nuestro siglo, Husserl, intentó reponer el sistema. Pero no lo logró: su pensar fue un vagabundear en torno a la noción de sistema, pero tuvo que cambiar de punto de vista y no pudo construir un todo acabado. Quizá porque la escisión entre los distintos aspectos de la realidad, sobre todo la escisión del hombre respecto del universo, se ha agigantado. La filosofía sistemática, en definitiva, es la filosofía de la conciliación y cuando las antinomias se agudizan y se astillan las distintas inspiraciones humanas, conciliar resulta muy difícil.
También ocurre que la gente no tiene grandes ambiciones. Se parte de que vivimos en una época no unitaria y entonces se eleva a primer nivel la noción de diferencia: es el desconstruccionismo en que ha desembocado el estructuralismo. Esto, a mi modo de ver, no hay que tomarlo en serio porque se nota de inmediato el vapuleo, la renuncia, el conformismo del “pensiero debole”.
— Lo cierto es que nuestra situación filosófica está determinada en gran parte por el fracaso del idealismo alemán. ¿Es capaz todavía la idea de “sistema” de hacerse cargo de la agigantada complejidad actual?
Hay que dirigir la mirada más allá; es decir, dejemos el sistema como punto de referencia para diagnosticar cómo se filosofa hoy y vayamos al origen. Entonces las preguntas pertinentes son éstas: ¿es preciso filosofar? ¿por qué la filosofía? En gran parte de lo que hoy se escribe está contenida justamente una respuesta negativa: la filosofía no obedece a algo serio, nos hemos de librar de ella porque no tiene justificación en sí misma.
La crítica a la filosofía es característica del primer Wittgenstein: la filosofía obedece a pseudoproblemas que podemos detectar de un modo lingüístico; los términos que usan los filósofos son sinsentidos. Lo que se intenta es una terapia; hay que curarse de la filosofía. La filosofía es una enfermedad. Recobremos el buen sentido y no embarullemos los asuntos con pretendidas ideaciones. Atengámonos al estudio del lenguaje.
Claro que fingir una terapéutica para la filosofía comporta que las preguntas últimas no existen, o no se pueden contestar sencillamente porque ni siquiera se pueden plantear. Si eso se dice en serio, se concluye inmediatamente que en la filosofía actual domina el ateísmo. Este ateísmo es la muerte filosófica de la filosofía. Una extraña muerte que corre a cargo del lenguaje. Las cuestiones últimas son indecibles, nos exceden absolutamente, no podríamos hacer más que guardar silencio, porque nuestra capacidad más propia es el lenguaje. Podemos






hablar de la vida animal, hasta cierto punto de la constitución de la materia, y de nuestros asuntos, pero nada más. Nuestras palabras son algoritmos con los que hacemos un lenguaje formal que es tautológico; con el lenguaje ordinario nos referimos a las cosas de la vida. Nuestro conocimiento-lenguaje sirve hasta cierto punto para sobrevivir. ¿Qué quiere decir sobrevivir? Habérnoslas con el mundo; ese peculiar conocimiento sirve para entender el mundo en tanto en cuanto habitamos en él y tenemos que procurar no morirnos por el momento. Y se acabó. Eso es ateísmo.
— Si la huida del sistema puede provocar el ateísmo, ¿de qué tipo es este ateísmo? ¿Acaso un ateísmo militante?
No es un ateísmo militante. Sencillamente es cuestión de palabras. En el primer Wittgenstein, incluso en el segundo, aunque de una manera más latente, existe la tesis (aunque Wittgenstein personalmente no fuera ateo) de una equivocidad total entre Dios y lo que el hombre puede decir; de Dios el hombre no puede decir nada.
Es un ateísmo místico, por así decirlo, que se parece a la postura de Buda. Buda no dice que Dios no exista, sino que Dios es impensable: Dios es el muein, lo absolutamente inefable respecto de sí mismo; no hay logos en Dios. Hay un ateísmo lógico en Buda y hay un ateísmo de la lógica. La lógica es constitutivamente atea, no se puede conocer a Dios con la lógica. De aquí resulta que la filosofía no está justificada o que en la discusión sobre su justificación nos quedamos con un residuo que es justamente lo que se puede expresar mediante el lenguaje ordinario si éste se usa sin metábasis metafóricas.
No hay lenguaje para las cuestiones últimas. Las cuestiones últimas no son contrasentidos, sino sinsentidos puros. La filosofía es una pseudosemántica. Esto no es solamente una crítica a la filosofía sistemática, sino que se refiere al mismo origen de la filosofía. ¿Qué significa filosofar? ¿Por qué el hombre filosofa, siendo así que no debe filosofar? Hacer filosofía consistiría en sentar un balance: la filosofía termina en una declaración de autojubilación, es decir, en una curiosa antítesis de las ambiciones hegelianas, denunciadas también por Karl Popper.
— ¿No significa esto quedarse en la mera aceptación del pluralismo de opiniones?
Más todavía. Diría Aristóteles que eso es transformarse en una planta. En el libro gamma de la Metafísica se habla de las plantas porque son los vivientes que podrían prescindir del principio de no contradicción por no ser capaces de hablar. Es una objeción grave: no basta callarse ante lo inefable; hay que callarse absolutamente, pues no se puede decir nada si la filosofía se jubila.
 habilis es el ser vivo que en vez de adaptarse al medio adapta el medio a él.
Después del homo habilis aparece el homo sapiens, es decir, el hombre como animal racional. Es evidente que piensa el que proyecta su trabajo: para proyectar hace falta pensar. Pensar significa suspender la relación factiva y quedarse sólo ante algo que está exclusivamente delante. Ello es una interrupción tajante de la acción, desde la cual se vuelve a reanudar la acción, pero inventivamente. Con esto el conocimiento se ha hecho hegemónico respecto del hacer. El homo sapiens no es meramente habilis. Es aquel cuya habilidad está dominada por el









pensar; por lo tanto, es el“hiperhabilis”.
Estos cambios de estrategia en la evolución llevan consigo varias cosas de gran importancia. La principal es que en el hombre la especificación pasa a segundo lugar; en el hombre lo más importante es el individuo. El fin de la adaptación es la especie y así todos los tigres, por ejemplo, funcionan para que no se extinga la especie tigre. El habilis también funciona exclusivamente a favor de la especie, porque se conduce con una estrategia técnica. Y como la estrategia técnica no es la adaptación si esa estrategia fracasa, la especie es imposible. Por consiguiente el homo habilis practicó la técnica comunitaria: era el Gattungswesen.
Pero en el mismo momento en que aparece el sapiens ya no se puede decir que el individuo esté al servicio de la especie, porque el individuo es el único capaz de pensar (la especie no piensa). ¿Quien piensa? Yo, tú, él; la semántica yo, tú, él es obvia: ¿quien piensa? yo; es absurdo decir “ça pense” .

La respuesta que puedo dar es personal. Lo primero que hay que hacer es reivindicar la filosofía, es decir, convencerse de que filosofar es inherente a la condición humana y por tanto que conviene que haya gente dedicada a la filosofía. Todo hombre filosofa — y esto no es una apelación al sentido común, sino recordar que el hombre no tiene más remedio que plantearse cuestiones de alto bordo —.
Las cuestiones últimas tienen que ser planteadas y para madurarlas hace falta gente que se dedique a ellas muchos años. La madurez del filósofo se alcanza después de muchos años. Así como un matemático creativo es siempre precoz, porque una persona de cierta edad tiene la imaginación un poco cansada, en filosofía la precocidad no es posible. Quizá se pueda tener una idea temprana, pero hay que darle vueltas a lo largo de muchos años. Yo empecé a los trece años y estoy ya en los 60.
Por eso, a lo largo de los años dedicados a la filosofía a uno se le ocurre pensar muchas veces que es tonto. La experiencia de que uno no llega es frecuente porque una cosa es entrever y otra la visión global. Nadie que se haya dedicado de veras a la filosofía ha dejado de pasar por esta especie de crisis, por llamarlo de alguna manera, varias veces en su vida (yo últimamente la paso cada 15 días).
— En esto de los aprietos psicológicos que comporta la actividad filosófica, cada palo debe aguantar su vela. Pero, con crisis y todo, ¿cómo puede uno dedicarse a la filosofía?
Hay que dedicarse a la filosofía (y es uno de los grandes valores de la vida académica si se enfoca bien) en diálogo. Leer libros es una gran cosa, pero los libros no bastan. La filosofía se cultiva bien intercambiando ideas y discutiendo, porque el intercambio de ideas no es pacífico. No es buena señal, decía Aristóteles, el que todos estén de acuerdo. Es mejor no estar de acuerdo, enfadarse un poco y no darle mucha importancia, porque si uno tiene suficiente amor a la verdad quiere entender lo que el otro dice y viceversa. En el diálogo hay discusión. Hay gente que dice que el lenguaje es comunicativo; pero el lenguaje humano no es sólo comunicativo: la cumbre del lenguaje humano es el diálogo y el diálogo es un contraste. Ponerse de acuerdo sobre lo que ya se sabía es redundante. Hay que buscar el acuerdo por crecimiento del saber de los que intervienen. La filosofía es res publicaen este sentido.
Por eso a la televisión se la llama con mucha razón la “caja tonta”, porque con la televisión no se puede discutir. Si la filosofía es dialógica, no en el sentido de Habermas (que dice cosas muy atendibles, aunque se queda a medias), ello se debe a que la única manera de coordinar lo específico con lo general es conducir lo específico al plano intersubjetivo o interpersonal; si no, siempre aparece la distinción entre el sapiens y el habilis.
— ¿No podrían acaso los medíos de comunicación, cuya presencia es tan fuerte en nuestra época, facilitar ese “diálogo”, base psicológica para el filosofar?
El diálogo se basa en la tesis de que cualquier interlocutor es sapiens. Por tanto, el diálogo es la mejor estructura social, la mejor relación entre el hombre como persona y como ser específico. El diálogo es la condición primaria para resolver esos problemas que han gravitado sobre la humanidad a lo largo de su historia y que justifican la filosofía. Ahora estamos en mejores condiciones para resolverlos; pero sin filósofos la sociedad dialógica es difícil.

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