EL ACTO DE FILOSOFAR Y SUS FUNCIONES
Se dice que la filosofía no está hoy en uno de sus mejores
momentos. ¿Por qué no es excesivamente buena nuestra situación filosófica?
¿Será que se ha perdido la confianza en los grandes “sistemas” modernos?
En verdad se produce demasiada filosofía desencantada. Esto
nos permite diagnosticar algo así como un escarmiento, una frustración
acumulada. Quizá por eso hoy se filosofe en tono menor, aunque desde el punto
de vista académico hay mucha gente que sigue tirando del carro. Quizá haya un
desplome porque una cierta manera de hacer filosofía se considera utópica o
inalcanzable o internamente falsa. Esto lo he descrito en varios sitios:
seguramente se ha derrumbado la filosofía sistemática, cuyo máximo
representante es Hegel. Se estima irrealizable lo que Hegel intentó; más aún,
que tal como Hegel lo plasmó no cumple sus propias promesas, a saber, alcanzar
el saber absoluto. Saber absoluto significa, entre otras cosas, saber con
carácter terminal, por lo tanto, un saber que pone fin a la historia. Después
de ese saber no cabe nada más que una glosa, una coda inútil, como apunta
Nietzsche: si lo que dice Hegel fuera verdad, la filosofía posterior sería un
apéndice superfluo.
La convicción de fondo es seguramente ésta: lo que Hegel
intentó nos supera y no cabe reponerlo; o bien, Hegel se equivocó radicalmente:
lo que Hegel pretende tiene un sentido completamente distinto. La hermenéutica
desmonta la intención hegeliana, la sustituye por otra y sostiene que esa
intención es la auténtica aunque inconsciente. ¡No cabe un mayor insulto a
Hegel, él que es un filósofo de la autoconciencia! He aquí el problema: el
desplome de la filosofía sistemática en nuestro tiempo ha desmoralizado a la
filosofía académica y ha provocado una “originalidad” reactiva que se
autojustifica al limitar drásticamente el alcance del conocimiento humano.
Uno de los grandes autores de la primera mitad de nuestro
siglo, Husserl, intentó reponer el sistema. Pero no lo logró: su pensar fue un
vagabundear en torno a la noción de sistema, pero tuvo que cambiar de punto de
vista y no pudo construir un todo acabado. Quizá porque la escisión entre los
distintos aspectos de la realidad, sobre todo la escisión del hombre respecto
del universo, se ha agigantado. La filosofía sistemática, en definitiva, es la
filosofía de la conciliación y cuando las antinomias se agudizan y se astillan
las distintas inspiraciones humanas, conciliar resulta muy difícil.
También ocurre que la gente no tiene grandes ambiciones. Se
parte de que vivimos en una época no unitaria y entonces se eleva a primer
nivel la noción de diferencia: es el desconstruccionismo en que ha desembocado
el estructuralismo. Esto, a mi modo de ver, no hay que tomarlo en serio porque
se nota de inmediato el vapuleo, la renuncia, el conformismo del “pensiero
debole”.
— Lo
cierto es que nuestra situación filosófica está determinada en gran parte por
el fracaso del idealismo alemán. ¿Es capaz todavía la idea de “sistema” de
hacerse cargo de la agigantada complejidad actual?
Hay que dirigir la mirada más allá; es decir, dejemos el
sistema como punto de referencia para diagnosticar cómo se filosofa hoy y
vayamos al origen. Entonces las preguntas pertinentes son éstas: ¿es preciso
filosofar? ¿por qué la filosofía? En gran parte de lo que hoy se escribe está
contenida justamente una respuesta negativa: la filosofía no obedece a algo
serio, nos hemos de librar de ella porque no tiene justificación en sí misma.
La crítica a la filosofía es característica del primer
Wittgenstein: la filosofía obedece a pseudoproblemas que podemos detectar de un
modo lingüístico; los términos que usan los filósofos son sinsentidos. Lo que
se intenta es una terapia; hay que curarse de la filosofía. La filosofía es una
enfermedad. Recobremos el buen sentido y no embarullemos los asuntos con
pretendidas ideaciones. Atengámonos al estudio del lenguaje.
Claro que fingir una
terapéutica para la filosofía comporta que las preguntas últimas no existen, o
no se pueden contestar sencillamente porque ni siquiera se pueden plantear. Si
eso se dice en serio, se concluye inmediatamente que en la filosofía actual
domina el ateísmo. Este ateísmo es la muerte filosófica de la filosofía. Una
extraña muerte que corre a cargo del lenguaje. Las cuestiones últimas son indecibles,
nos exceden absolutamente, no podríamos hacer más que guardar silencio, porque
nuestra capacidad más propia es el lenguaje. Podemos
hablar de la vida animal, hasta cierto punto de la
constitución de la materia, y de nuestros asuntos, pero nada más. Nuestras
palabras son algoritmos con los que hacemos un lenguaje formal que es
tautológico; con el lenguaje ordinario nos referimos a las cosas de la vida.
Nuestro conocimiento-lenguaje sirve hasta cierto punto para sobrevivir. ¿Qué
quiere decir sobrevivir? Habérnoslas con el mundo; ese peculiar conocimiento
sirve para entender el mundo en tanto en cuanto habitamos en él y tenemos que
procurar no morirnos por el momento. Y se acabó. Eso es ateísmo.
— Si la
huida del sistema puede provocar el ateísmo, ¿de qué tipo es este ateísmo?
¿Acaso un ateísmo militante?
No es un ateísmo militante. Sencillamente es cuestión de
palabras. En el primer Wittgenstein, incluso en el segundo, aunque de una
manera más latente, existe la tesis (aunque Wittgenstein personalmente no fuera
ateo) de una equivocidad total entre Dios y lo que el hombre puede decir; de
Dios el hombre no puede decir nada.
Es un ateísmo místico, por así decirlo, que se parece a la
postura de Buda. Buda no dice que Dios no exista, sino que Dios es impensable:
Dios es el muein, lo absolutamente inefable respecto de sí mismo; no hay
logos en Dios. Hay un ateísmo lógico en Buda y hay un ateísmo de la lógica. La
lógica es constitutivamente atea, no se puede conocer a Dios con la lógica. De
aquí resulta que la filosofía no está justificada o que en la discusión sobre
su justificación nos quedamos con un residuo que es justamente lo que se puede
expresar mediante el lenguaje ordinario si éste se usa sin metábasis
metafóricas.
No hay lenguaje para las cuestiones últimas. Las cuestiones
últimas no son contrasentidos, sino sinsentidos puros. La filosofía es una
pseudosemántica. Esto no es solamente una crítica a la filosofía sistemática,
sino que se refiere al mismo origen de la filosofía. ¿Qué significa filosofar?
¿Por qué el hombre filosofa, siendo así que no debe filosofar? Hacer filosofía
consistiría en sentar un balance: la filosofía termina en una declaración de
autojubilación, es decir, en una curiosa antítesis de las ambiciones
hegelianas, denunciadas también por Karl Popper.
— ¿No
significa esto quedarse en la mera aceptación del pluralismo de opiniones?
Más todavía. Diría Aristóteles que eso es transformarse en
una planta. En el libro gamma de la Metafísica se habla de
las plantas porque son los vivientes que podrían prescindir del principio de no
contradicción por no ser capaces de hablar. Es una objeción grave: no basta
callarse ante lo inefable; hay que callarse absolutamente, pues no se puede
decir nada si la filosofía se jubila.
habilis es el
ser vivo que en vez de adaptarse al medio adapta el medio a él.
Después del homo habilis aparece el homo
sapiens, es decir, el hombre como animal racional. Es evidente que piensa el
que proyecta su trabajo: para proyectar hace falta pensar. Pensar significa suspender
la relación factiva y quedarse sólo ante algo que está exclusivamente delante.
Ello es una interrupción tajante de la acción, desde la cual se vuelve a
reanudar la acción, pero inventivamente. Con esto el conocimiento se ha hecho
hegemónico respecto del hacer. El homo sapiens no es
meramente habilis. Es aquel cuya habilidad está dominada por el

pensar; por lo tanto, es el“hiperhabilis”.
Estos cambios de estrategia en la evolución llevan consigo
varias cosas de gran importancia. La principal es que en el hombre la
especificación pasa a segundo lugar; en el hombre lo más importante es el
individuo. El fin de la adaptación es la especie y así todos los tigres, por
ejemplo, funcionan para que no se extinga la especie tigre. El habilis también
funciona exclusivamente a favor de la especie, porque se conduce con una
estrategia técnica. Y como la estrategia técnica no es la adaptación si esa
estrategia fracasa, la especie es imposible. Por consiguiente el
homo habilis practicó la técnica comunitaria: era
el Gattungswesen.
Pero en el mismo momento en que aparece
el sapiens ya no se puede decir que el individuo esté al servicio de
la especie, porque el individuo es el único capaz de pensar (la especie no
piensa). ¿Quien piensa? Yo, tú, él; la semántica yo, tú, él es obvia: ¿quien
piensa? yo; es absurdo decir “ça pense” .
La respuesta que puedo dar es personal. Lo primero que hay
que hacer es reivindicar la filosofía, es decir, convencerse de que filosofar
es inherente a la condición humana y por tanto que conviene que haya gente
dedicada a la filosofía. Todo hombre filosofa — y esto no es una apelación al
sentido común, sino recordar que el hombre no tiene más remedio que plantearse
cuestiones de alto bordo —.
Las cuestiones últimas tienen que ser planteadas y para
madurarlas hace falta gente que se dedique a ellas muchos años. La madurez del
filósofo se alcanza después de muchos años. Así como un matemático creativo es
siempre precoz, porque una persona de cierta edad tiene la imaginación un poco cansada,
en filosofía la precocidad no es posible. Quizá se pueda tener una idea
temprana, pero hay que darle vueltas a lo largo de muchos años. Yo empecé a los
trece años y estoy ya en los 60.
Por eso, a lo largo de los años dedicados a la filosofía a
uno se le ocurre pensar muchas veces que es tonto. La experiencia de que uno no
llega es frecuente porque una cosa es entrever y otra la visión global. Nadie
que se haya dedicado de veras a la filosofía ha dejado de pasar por esta
especie de crisis, por llamarlo de alguna manera, varias veces en su vida (yo
últimamente la paso cada 15 días).
— En esto
de los aprietos psicológicos que comporta la actividad filosófica, cada palo
debe aguantar su vela. Pero, con crisis y todo, ¿cómo puede uno dedicarse a la
filosofía?
Hay que dedicarse a la filosofía (y es uno de los grandes
valores de la vida académica si se enfoca bien) en diálogo. Leer libros es una
gran cosa, pero los libros no bastan. La filosofía se cultiva bien
intercambiando ideas y discutiendo, porque el intercambio de ideas no es
pacífico. No es buena señal, decía Aristóteles, el que todos estén de acuerdo.
Es mejor no estar de acuerdo, enfadarse un poco y no darle mucha importancia,
porque si uno tiene suficiente amor a la verdad quiere entender lo que el otro
dice y viceversa. En el diálogo hay discusión. Hay gente que dice que el
lenguaje es comunicativo; pero el lenguaje humano no es sólo comunicativo: la
cumbre del lenguaje humano es el diálogo y el diálogo es un contraste. Ponerse
de acuerdo sobre lo que ya se sabía es redundante. Hay que buscar el acuerdo
por crecimiento del saber de los que intervienen. La filosofía es res
publicaen este sentido.
Por eso a la televisión se la llama con mucha razón la “caja
tonta”, porque con la televisión no se puede discutir. Si la filosofía es
dialógica, no en el sentido de Habermas (que dice cosas muy atendibles, aunque
se queda a medias), ello se debe a que la única manera de coordinar lo
específico con lo general es conducir lo específico al plano intersubjetivo o
interpersonal; si no, siempre aparece la distinción entre
el sapiens y el habilis.
— ¿No
podrían acaso los medíos de comunicación, cuya presencia es tan fuerte en
nuestra época, facilitar ese “diálogo”, base psicológica para el filosofar?
El diálogo se basa en la tesis de que cualquier interlocutor
es sapiens. Por tanto, el diálogo es la mejor estructura social, la mejor
relación entre el hombre como persona y como ser específico. El diálogo es la
condición primaria para resolver esos problemas que han gravitado sobre la
humanidad a lo largo de su historia y que justifican la filosofía. Ahora
estamos en mejores condiciones para resolverlos; pero sin filósofos la sociedad
dialógica es difícil.
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